miércoles, 19 de febrero de 2014

EL JUEGO DE LLAVES QUE ABRE TODA UNA VIDA (con dientes de 3,5 y acabado en estrella)


Acabo de leer una novela que, por su argumento, la clásica llamada de teléfono para correr al hospital al pie de la cama de una madre enferma, llamada que realiza un padre con el que la protagonista no tiene prácticamente relación, hubiera podido fácilmente y sin queja por parte de ningún lector, caer en el estereotipo y la retorica. Hubiéramos aceptado las normas que regulan este tipo de historias, sin rechistar, adaptándonos al discurrir de los hechos.

Pero nada más abrir la primera página de “Las Llaves de casa” de Carmen Estirado, la novedad y el fluir contemporáneo de las palabras, nos sorprende gratamente, dejándonos agarrados al papel, sin posibilidad de escape. No sabría cómo definir la narrativa de esta autora sin caer en el tópico de los adjetivos utilizados en las recensiones al uso, que la definirían como fresca (en el sentido de “un golpe de aire fresco), vanguardista, moderna. Mi primera sensación fue la de encontrarme delante de una forma de escribir diferente a la que no estaba acostumbrada, muy actual, sin caer en la tentación de la jerga, manteniendo en todo momento una forma de redactar y unas descripciones impecables. Y sobre todo, Carmen Estirado, le concede mucho más importancia a la trama que al desenlace, cosa que agradezco inmensamente (“…Amar la trama más que el desenlace…”,  dice en unas de sus canciones uno de mis cantautores favoritos, Jorge Drexler), mimando sus descripciones, enriqueciéndolas de detalles que a alguien acostumbrado a los best sellers tamaño tocho, podrían parecer inútiles, pero que a mí me dejaron impresionada:

Pedí el menú completo: churros, chocolate caliente y zumo de naranja. Me lo sirvió la camarera gorda que siempre se apoyaba en la orilla de la freidora y que llevaba un delantal azul manchado de aceite que le quedaba ridículamente pequeño.

En el pasillo de al lado, otra chica más jovencita, de mi edad y con el culo más prieto, movía un cazo de chocolate. Un cacao color cremades que tenía distintas tonalidades. Esperando en la cola mi turno, me quedé atontada mirando cómo preparaba un vaso. Cogió un cacito y eligió sólo la capa de arriba, la que estaba más fría. En un segundo cucharón, entró, más ligera, la clarita. Era un color parecido al de mi violín.

…Era mi turno. Y ya me llegaba el olor a cacao recién hecho. La camarera derramó el vaso, otra vez, sobre el papel manchado de aceite. Llevé la bandeja hacia  la mesa junto a la ventana. Abrí los dos azucarillos, los eché sobre el zumo de naranja. Me quedé mirando el movimiento histérico de las ramas de los arboles. Hipnotizada por este, me tragué el chocolate hirviendo, sin dejar que apareciera una capa más oscura”.

En la era de los libros tamaño ladrillo (si no escribes más de novecientas páginas no eres nadie), Carmen Estirado desafía una vez más las normas, publicando como NOVELA, lo que la mayoría y erróneamente consideraría como un relato o peor aún, una novela corta. Y es no hay nada que pueda molestar más que los encasillamientos de una obra según el tamaño. Porque puede haber casos en que le tamaño realmente importe pero seguramente no es el caso de la Literatura (quien no esté de acuerdo lea “Un viejo que leía novelas de amor” de Sepulveda; “Requiem por un campesino español” de Ramón J. Sender; “Donde el corazón te lleve”  de Susanna Tamaro y, sin ánimo de compararme a estos grandes, “La memoria del agua” de Francesca Valentincic). A veces pocas frases bien dichas, unas palabras puestas en el lugar exacto, llegan mejor al alma que cien repeticiones de la jugada. Y todo esto lo ha entendido perfectamente Carmen Estirado, el escrito de la cual rebosa preparación académica, cultura y una vida “vivida”.
Carme Estirado
"Las llaves de casa"
Ediciones Atlantis

www.edicionesatlantis.com/autor/652

martes, 18 de febrero de 2014

PARAULES I SONS


De los innumerables pecados capitales (siete me parecen pocos) que caracterizan nuestra especie,  uno de los más terribles se me ha antojado, desde siempre, la desidia con la cual dejamos que pueda desparecer de la faz de la tierra un idioma cada quince días. No contentos con amenazar las diferentes especies de plantas y animales que nos rodean, eliminándolas al ritmo de tres cada hora, según los expertos, un dato aterrador, aunque no fuera del todo exacto, nos dedicamos a mirar hacia otro lado también cuando se trata de nuestro legado cultural. Pero qué podemos esperar de un colectivo, los humanos, que no es capaz de cuidar ni de sus propios congéneres.

Como decía, desde pequeña lloraba cuando me enteraba de que había muerto la última persona portadora del patrimonio más preciado de su tribu o etnia. A menudo intentaba imaginar la soledad que habría experimentado en sus últimos momentos, sin nadie con quien poder comunicarse, con nadie que le entendiera en su idioma materno. Y admiraba a los estudiosos que se pasaban años, viajando por el mundo, recopilando datos y sonidos en sus magnetofones, para luego escribir aquellas palabras que habían estado a punto de perderse para siempre, en ensayos y libros que nadie leería nunca. Me desesperaba pensando que aquellos hombres valientes, en muchas ocasiones no habrían llegado a tiempo: los pocos recursos en su haber, el derrumbe de una carretera, la estación de las lluvias,  el hecho de no poseer el don de la ubicuidad, harían que su entrada en una aldea se efectuara demasiado tarde, cuando los ecos del sonido de las últimas palabras de un idioma milenario, se hubiesen apagado del todo.

Sense ànim de generar polèmica ni establer comparacions, trobo que per entendre a fons els costums de un lloc determinat i viure’ls de forma plena, és imprescindible conèixer-ne la llengua i que aquesta és el pilar de la cultura. Darrerament les Institucions de les Illes Balears nos han volgut imposar una nova estructura cultural, basada, a dita del nostres polítics, en les avantatges de la “multiculturalitat”,  fent-nos sentir culpables, intolerants i fins i tot xenòfobs (això no els hi perdono) per no voler acceptar  les bases que nos obririen les portes de les comunicacions amb els altres, intentant inculcar-nos que parlant la nostra llengua no arribaríem molt lluny, cosa que sí seria possible si nos aprenguéssim quatre nocions fetes per a ignorants, de historia i geografia amb anglès o si li donéssim tota la importància que li correspon, al castellà (llengua que, per altre, em fascina però que no és la que pertany a aquestes terres en mig de la mar).

 I tot això m’ho conten a jo que, dins la meva esquizofrènia lingüística, tinc una llengua materna diferent a la que faig servir per escriure les meves novel·les, la qual tampoc  coincideix amb la que utilitzo per les meves relacions personals, per el meu quefer quotidià, en poques paraules, per viure, estimar, sentir, entendre el món cultural que m’envolta. I que, sobretot, no em considero ni intolerant, ni xenòfoba ni vull que em facin sentir culpable.

M’ho volen fer creure a jo, que he estudiat idiomes, que em considero una persona oberta als altres, i em conten que per parlar català i voler que els meus fills es mullin i es banyin amb aquesta cultura, no soc tolerant. Simplement lo que han fet ha estat llevar-nos lo poc que s’havia aconseguit en el darrers vint i cinc anys, i fer varies passes enrere cap a la obscuritat de la ignorància.

Com ja he dit en moltes ocasions, tota la meva admiració i el meu suport va als professors i als mestres que han lluitat pel futur dels nostres fills i als que han patit un càstig a canvi del seu coratge.

M’agradaria recordar la marea verda i totes les manifestacions que es feren per aturar la situació i donar les gràcies als grups musicals que donaren suport a les protestes pacífiques i plenes de notes i paraules importants. Record una ocasió especialment emotiva, una nit de setembre a la Plaça d’Esporles amb el grup Al-Mayurqa i els germans Martorell, música dels quals esper parlar en breu.

Imagino que ara entendreu aquest canvi de llengua al meu blog. Així es pot demostrar que els que em segueixen des de l’altra punta del món (cosa que no entenc perquè passi, i de la que estic molt agraïda) no es aturaran davant una llengua distinta, si no que entendran la dificultat i la gravetat de la situació que ens implica a tots.

Perquè cap estudiós hagi de venir mai a gravar-nos, a les Illes, amb un magnetòfon o el darrer model de tablet present al mercat. Parlant entre nosaltres, escrivint i llegint podrem mantindre la flama encesa.        

miércoles, 12 de febrero de 2014

Arte en estado puro...y el futuro que espera a lo lejos.

Hace muchos años que conozco una muchacha que, desde la más tierna infancia, me sorprendía  con unos bocetos dignos de una galería de arte. Y desde entonces supe que tenía el don de convertir en dibujos sus emociones, de dar una forma "bidimensional" a conceptos abstractos, de transformar en algo tangible, admirable y reconocible sus sensaciones.
El tiempo ha pasado y la niña se ha convertido en una mujer que sigue dibujando sus sueños y ha decidido prepararse y formarse para perseguirlos. Lo que hay en sus portapapeles, cobra vida en el momento en que sus dedos deshacen los nudos de los lazos que lo mantienen cerrado. Al abrir la funda de cartón que custodia su obra, parecen salir de ella mil mariposas que llevan escritas en tinta china, en el revés de sus alas, frases de otras épocas y otros lugares. Los rostros que se asoman desde los folios esparcidos, que lentamente se deslizan los unos sobre los otros, nos ofrecen retales de vida, experiencias que todavía ella no ha vivido pero que ya intuye, a través de aquel sentido innato presente en todo artista en ciernes. Inútil contar que me fascina como persona y como artista. Simplemente no hay que perderle la pista y, sobre todo, gozar de su obra. Aquí va un pequeño ejemplo de su arte. Su obra os hablará de ella. Enhorabuena, Malen.

La artista es Malen Company Payeras.






jueves, 30 de enero de 2014

El alambí...Radio Bellvei


Qué difícil es hacer que la gente se interese por un acto cultural, qué complicado organizar alguno, casi imposible sobrevivir a la indiferencia por parte de los conocidos por lo que concierne el evento en cuestión, heroico no derrumbarse delante de las puertas que cierran las instituciones, con tal de no ofrecer ayuda. Afortunadamente conozco unas cuantas personas que no se rinden y continúan fomentando el desarrollo de la cultura desde su atalaya de palabras escritas y pronunciadas.

Hoy me gustaría hablar de uno de estos paladines de la sabiduría, un luchador incansable que emplea el sonido de su voz a guisa de arma infalible. Ramón Valls es un catalán incansable, que desafiando las reglas que rigen el desentendimiento hacia las cosas que cuentan, se sienta cada miércoles detrás del micrófono de una radio de la provincia de Tarragona, Radio Bellvei, y dirige el programa El Alambí (Alambique de escritores), lugar desde donde expande por el éter sus palabras de sabio y las opiniones de quien quiera compartir la hora con él.

Tuve la suerte de que me quisiera entrevistar hace unos meses, coincidiendo con la salida de mi novela “Cuando el día cambia de color”, y la experiencia fue realmente enriquecedora.
 
 Hace unos días me volvió a invitar a una tertulia radiofónica en la que participarían varios autores, que tenía como tema el papel que desempeña el escritor hoy en día. Tuve que rehusar la invitación por motivos de incompatibilidad de horarios, pero la satisfacción producida por su llamada, fue enorme.

La transmisión se emitió el día 29 de enero, pero espero poderla escuchar, online, en la repetición del sábado. Para los interesados aquí van los datos:

Radio bellvei online  El alambí

Además estoy leyendo su última novela, “En torno a mí”, de la que hablaré más adelante, cuando la haya terminado. Porque Ramón es un hombre que no se conforma con leer (es su afición incurable), ni con hablar de temas literarios, sino que siente la necesidad de expresarse con palabras indelebles, negro sobre blanco. Además es una persona solidaria, que se implica en actividades que ayudan a los demás. Espero tenerlo pronto en Mallorca, para la presentación de algunos de sus escritos y poderle, por fin, invitar a unos vasitos de vino blanco y “uns variats” en los bares de la “Plaça” de Petra, el pueblo donde paso los fines de semana con los amigos y la familia.

Durante la entrevista se produjo un hecho curioso, ya que gracias a una reflexión de Ramón durante la entrevista, descubrí que la necesidad que tengo de caminar hacia el horizonte, al atardecer (Cuando el día cambia de color), me viene de atrás. No había vuelto a pensar en ello, pero durante los años de mi juventud, cuando el invierno encrudecía y planeaba sobre mi ciudad natal, lugar donde el sol no aparece durante seis meses y las nieblas son tan intensas que no dejan ver ni coches ni transeúntes a un metro de distancia, sin darme cuenta vivía esperando la llegada de la primavera. Y cuando esto acontecía, se podían contemplar, casi sin preaviso, unas puestas de sol espectaculares, de las que llenaban el cuerpo y la mente de energía. Era por la tarde, a la vuelta del colegio, cuando yo caminaba hacia casa, siguiendo aquella luz, empapándome en los rayos de un sol que parecía haber desaparecido durante un tiempo, y que volvía renovado, en todo su esplendor. Hace más de veinticinco años que no experimento el desasosiego que me producía el final del verano y la llegada del otoño, ya que en Mallorca el influjo del Mediterráneo nos ahorra las inclemencias del invierno. Pero este caminar hacia luz, que desaparece detrás del horizonte, ha perdurado en el tiempo, y sigo caminando hacia el oeste…algún día llegaré al mar…en la Isla no sería muy difícil: más complicado es seguir apostando por la cultura, como hace Ramón Valls. ¡Enhorabuena, Ramón! 


 

lunes, 27 de enero de 2014

...un año más y flors d'ametler.

Hoy es mi cumpleaños. El día ha sido especialmente ventoso, pero el cielo ha adquirido un color azul intenso, el que le queda después de haber sido barrido por el viento que arrastra las pocas nubes que se agarran como pueden en las alturas.  De esta manera es como las flores de almendro, de los arboles cercanos a mi casa, destacan más contra la pared oscura de la montaña y sobre el halo celeste que las envuelve. Porque por mi cumpleaños los almendros siempre están en flor, hecho que me alegra la vida y me llena de aromas y emociones positivas.
Siempre me ha gustado cumplir años, como si las experiencias de mi vida, en vez de pesar como losas, me cargaran de energía. Y siempre me ha gustado celebrarlo con mis amigas, algunas de las cuales esperan el acontecimiento para volverse a ver, año tras año.
Ha habido pocas ocasiones sin celebraciones y siempre debidas a causas mayores, como pasó hace un par de años. Pero hay es un día feliz, lleno de llamadas telefónicas, felicitaciones familiares y mensajes entrañables.
Por esto quiero dedicar unas páginas que escribí cuando no hubo ninguna fiesta, el año en que no hubo flores de almendros ni cielos azules,( escrito que incluí en mi última novela), a las amigas que siempre han estado presentes, a las que siempre me felicitan, a las que se olvidan, a las nuevas llegadas y a las que están por venir. Va por vosotras, para que sepáis que hoy es un día radiante.
Molts d'anys, amén...en vida vostra!


E

s el 21 de noviembre y cumplo cuarenta y siete años. Desde que he llegado he perdido un año por cada día que ha pasado: diez días, diez años. Esto a pesar del hecho de que siempre he sido una persona activa y juvenil. Los genes han sido generosos con nuestra familia, motivo por el cual mi hermano sigue pareciendo el chico que terminó la universidad y partió al mundo, hace ya un par de décadas. Y mi padre siga llevando una vida de intrépido aventurero que haría sombra a personajes como Mc Gyver. Una versión moderna de Robinson Crusoe, capaz de acampar sobre una pequeña isla y vivir de lo que ofrece la naturaleza, en perfecta armonía con el entorno. Por no hablar de mi tía paterna, absolutamente inmune al paso del tiempo y que vive una vida plena con la misma energía que yo recordaba en las visitas a su casa de la playa durante mi adolescencia. La parte materna tampoco se queda atrás: el tío Ángel desconoce el vicio de la pereza y aunque tenga una edad indefinida entre los setenta y los ochenta, no duda en correr si alguien necesita su ayuda.

Mi madre no sabe de este pasar rápido del tiempo, del correr de las horas, de las arrugas que surcan, de repente, mi rostro y que no corresponden con mis datos del registro civil. Ella duerme un sueño inducido, un sueño artificial pero no por esto tranquilo. Me gustaría pensar que detrás de su quiete aparente y absoluta, se esconda un mundo de tranquilidad mental. Pero no creo equivocarme si afirmo que su inmovilidad de respiración asistida es sólo un espejismo. El ruido pausado e hipnótico del respirador artificial esconde, en realidad, un revoloteo de sueños sin fin, tangibles y reales como las maquinas que la rodean y controlan incesantemente sus constantes vitales.

Ella no sabe de mi envejecimiento, en estos momentos sus ojos están sellados por los sedantes, pero tampoco los que están alrededor parecen percibir el cambio y siguen equivocándose, felicitándome mis recién estrenadas treinta y siete primaveras de registro civil (¿o tendría que decir otoños?), cometiendo un error que me deja estupefacta, tanto es evidente para mí, el cambio que he experimentado. A modo de disculpa puedo decir que, efectivamente, los signos externos no son tan evidentes: no hay ningún cabello blanco de más, las arrugas son las estrictamente necesarias y como no poseen una máquina de rayos X que pueda cartografiarme el alma, la tarea de rastreo de la pérdida de este tiempo valioso, se complica...
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Francesca Valentincic: "Cuando el día cambia de color" Ediciones Atlantis

 
 
           www.edicionesatlantis.com/catalogo/3/831/
 
 
cubierta de nombre del libro
 


jueves, 23 de enero de 2014

Mi cocina huele a lavanda, naranjas y limones.

Como he dicho en varias ocasiones, quien me conoce bien sabe la importancia que doy a las reuniones con amigas en mi cocina, delante de una taza humeante de té, con el aroma de la lavanda recién cortada y los limones de mi limonero, que se dobla, incansable, bajo el peso de sus frutos. No podría vivir sin estos momentos que, por razones de vida cotidiana, se hacen, a veces , demasiado escasos y espaciados en el tiempo y que estoy teniendo la tendencia a recuperar.
La llamada de una buena amiga esta mañana, me ha recordado esta necesidad, sobretodo porque ella, excelente anfitriona, tiene una casa tan acogedora que, aunque ella no lo sepa, ha sido elegida como mi lugar preferido para recargar el alma de buenas vibraciones. Siempre digo que hay casas de todos tipos y estilos: modernas, recargadas, antiguas, minimalistas, bohemias.Todas pueden tener algo positivo, aunque no me guste la decoración, pero es innegables que las hay que te echan, de alguna manera hacen que no te sientas a gusto y que no quieras permanecer en ellas más que lo necesario. Definitivamente no es el caso de la morada de mi amiga, donde el té calienta mi interior a la par que sus paredes, y las galletas caseras de mantequilla me alimentan junto a las palabras de la propietaria. Ella sabe de quien estoy hablando y quiero dedicarle unas páginas de mi última novela que, con entusiasmo y cariño, acaba de leer. Va por ti, querida amiga de tertulias enriquecedoras.
Ah, la banda sonora, en este momento está a cargo de John Denver y Simon and Garfunkel (absolutamente en versión vinilo)...y quien si no, para un momento como este.


"...Porque cuando Carlos se marchaba por la mañana temprano y el alba se asentaba, Blanca bajaba hasta la orilla del mar, caminaba por la playa recogiendo unas conchas que, a su regreso colocaba en un jarrón de cristal situado en la mesita de la entrada cerca del plato de las llaves, y subía por un camino entre matorrales, donde encontraba los elementos vegetales y minerales (las flores escaseaban) que, una vez en casa, arreglaba con sabiduría en composiciones dignas de la mejor floristería alternativa. Después de una ducha rápida empezaba la preparación de la tarta del día. Y esperaba, convencida que en algún momento, su mejor amiga aparecería por la puerta. Por esto no podía empezar ninguna tarea importante, todo tenía que ser perfecto, todo en su sitio, en orden, todo a punto. Los mantelitos para el té, la tarta, los arreglos vegetales. En cierta manera, justamente por esto, nunca le habían gustado las visitas programadas, le hacían estar en tensión, no empezaba ninguna labor, siempre esperando al que tenía que llegar: prefería las visitas espontáneas, que la pillaban por sorpresa, haciendo lo que fuera y con el alibi de poder ofrecer simplemente lo que había en aquel momento en la despensa o en la nevera. Pero aquella situación era distinta, sabía que alguien vendría, era lógico que lo hiciera y ella lo necesitaba.

Cuando llegaba el mediodía sin que nadie hubiera hecho acto de presencia, se preparaba rápidamente algo de comer, dejando la cocina impoluta y con los mantelitos preparados para el té. Nunca tocaba el dulce que había preparado, colocaba el jarrón con las flores o los arbustos de turno, secaba y guardaba los platos y los cubiertos que había empleado, para que la coreografía fuera perfecta, para que la casa y la cocina no perdieran aquel aspecto entrañable que ella percibía y quería transmitir. Pero su cocina hacía años que había perdido aquella aura de paz y sosiego que ella había construido a base de paciencia y terquedad.

Su obstinación había conseguido crear un mundo a su medida, un lugar de paso donde las personas pudieran abastecer el cuerpo y la mente, para poder partir con las pilas recargadas, un puerto de mar donde resguardarse de las tormentas de la vida. Recordaba que alguien, un día, le había hablado de una conocida que vivía sola en un ático muy céntrico en la ciudad. Cuando, por las noches, encendía las luces del salón, aquella esquina luminosa ejercía un poder de atracción para los amigos que salían de los restaurantes o las discotecas, cual bombilla para unas falenas decepcionadas por una noche que habían esperado diferente. Todos se dirigían, entonces, hacia aquel faro en medio del cemento, aquel único lugar de acogida que, con su luz, los salvaba de estrellarse en los meandros del amanecer.
Concebía la amistad como un apéndice de su vida familiar, inseparable de cualquier actividad, parte de su cotidianidad. Le encantaba organizar meriendas que se prolongaban más allá de la cena, se alegraba si el timbre de la puerta sonaba porque una amiga se había desviado de su camino para ir a verla. Era una firme promotora de veladas intimistas y reencuentros de viejos amigos. Tardó años en darse cuenta de que no todo el mundo tenía la misma percepción de la amistad. Mientras tanto había luchado con uñas y dientes para impulsar amistades recién empezadas, para avivar la llama de las consolidadas, para mantener pegados los fragmentos de las que ya hacía tiempo que habían dejado de existir y que Blanca se negaba a dejar partir, por si quedaba algo de los buenos tiempos. "

Francesca Valentincic: "Cuando el día cambia de color" Ediciones Atlantis
www.edicionesatlantis.com/catalogo/3/831/
cubierta de nombre del libro

miércoles, 22 de enero de 2014

Simplemente....REVOLVER

Hace dos días que  la banda sonora que inunda mi cocina es la voz de Carlos Goñi, acompañado por los componentes del grupo Revolver. Y es que el día de Sant Sebastià tocaron en una plaza de ciutat y, a parte de poner el broche final a un día que, por motivos que no vienen al caso, ya había empezado bien, me siguen alegrando el resto de la semana.
He seguido a Carlos Goñi en varios conciertos (recuerdo con especial cariño el de la Sala Assaig del Polígono Son Castelló) y puedo asegurar, sin que nadie de mis cantautores favoritos se ofenda, que es una de las mejores voces en directo que haya oído nunca.
Acostumbrada a sus conciertos acústicos, que son mis preferidos (ya que aunque no fume, soy una chica del mechero de los '80), me ha sorprendido con una versión eléctrica simplemente perfecta. Con Goñi tocaban un batería y un bajo, el sonido maravillosos de los cuales, mezclados con las notas de la guitarra  magistral del cantante, llegó a las entrañas de los presentes, rebotando en las paredes de los edificios colindante, para volver a nuestro interior. Y con este sonido interno, con estos intensos solos de guitarra, el retumbar del bajo, los redobles de la batería, la voz cálida, las palabras importantes, convivo estos días: y espero conservar la sensación durante mucho tiempo.
Como cuando salimos de un cine, donde hemos visto una película enriquecedora o hemos leídos un libro que nos remueve el alma (y vuelvo al caso de mi futura amiga Carlota Lama), o salimos del teatro después de haber visto Mort d'un anarquista interpretado por Es millor de cada casa, intentamos preservar aquella maravillosa sensación que nos ha producido la obra, para que la cotidianidad no la engulla, en su proceso de arrasarlo todo.
Después de una experiencia cultural que me haya dejado buen sabor de boca, siempre tengo la sensación de que los artistas que me han alegrado el momento, no tengan todo el reconocimiento que se merecen (será que mis artistas favoritos no son autores americanos que escriben best sellers, o cantantes que arrasen en los 40 principales). Y pienso en la soledad del artista: sentimiento entendido como la sensación que invade a todo aquel que después de haberse subido a un escenario para cantar, tocar, actuar, presentar un libro, o después de cerrar la galería donde ha expuesto sus fotos, sus cuadros, sus esculturas, tiene, inevitablemente, que volver a casa. Quien no se haya encontrado nunca en esta situación, no podrá entender hasta el final la necesidad de seguir contando lo que acaba de pasar, revivir las jugadas, comentar los fallos y los éxitos. Por esto para un artista, después de tal descarga de adrenalina, después de los nervios que preceden al espectáculo, el momento no tendría que terminar nunca. Porque el vacío que te invade después de haberte expuesto tanto, sólo puede ser rellenado por amigos que hablen de ello.
No se si Carlos Goñi ya lo tiene superado, a lo mejor no es su caso, pero, el día 20 de enero, adrenalina descargó mucha, sus músicos dieron lo mejor de sí, y entre todos consiguieron recargar las pilas de mi alma: sólo por esto espero que hubiera unos amigos esperándoles al final del concierto, que encontraran un bar abierto y que pudieran revivir la noche con todo lujo de detalle.