jueves, 24 de abril de 2014

LA MEMORIA DEL AGUA...EL RECUERDO ES IMPORTANTE


Hace algunos años empecé mis andaduras en el mundo literario a través de la recopilación de unas anécdotas que formaron parte de mi universo infantil, historias contadas como si de un cuento se tratara en las calurosas tardes de verano, por parte de mis padres y mis abuelos. Dicha colección se transformaría en una novela  que no representaría sino parte del legado que quería dejar en herencia a mis hijos: una memoria histórica indispensable para seguir seguros hacia el futuro, con una sabiduría adquirida imprescindible para no cometer los mismos errores. Algo tan simple como el conocimiento de algunos hechos históricos, algo tan banal como el aprender de lo sucedido, parece no serlo tanto en los días de la ignorancia institucionalizada. Mañana, casi hoy dada la hora, 25 de abril, será un día festivo en el país que me ha visto nacer: los niños no tendrán colegio y  muchos padres aprovecharán para organizar unas mini vacaciones con la familia. Pero sólo la frase de una amiga en un e mail esta tarde, me ha hecho reflexionar sobre la importancia de escribir estas líneas: ya había decidido hacerlo, pero sus palabras han dado un giro inesperado al sentido de mi escrito.

“Feliz 25 de abril” rezaba su misiva “y, por favor, no os canséis de contar qué significado tiene este día o pronto, todo el mundo lo habrá olvidado”.

Este escrito que quería ser una dedicatoria a mi padre, que en esta fecha emblemática celebra su onomástica y del que he tenido la suerte de oír contar los hechos que vendrán a continuación, ya que los vivió en primera persona, se ha convertido en una desesperada lucha contra el olvido y el desconocimiento.

Acto seguido os contaré la anécdota, novelada, que vivió mi padre en su día y que es parte integrante de mi novela “La memoria del agua”. Si me lo permitís, añadiré una improvisada versión en italiano, una traducción rápida para quién no esté dispuesto a olvidar.

Dedicado a mi padre y a la amiga que no cree en el olvido.

“…La vuelta a Bologna había sido dura. La ciudad estaba controlada con mano de hierro por los alemanes. La vida se reducía a poco más que ir a la escuela y al trabajo: además la casa de Edoardo ya no existía. Desde la ventana del cuarto que él y su hermana habían ocupado en la casa de la tía Gianna, Marco escuchaba los pasos de la ronda alemana que marchaba por la via Santo Stefano y las adyacentes, desde el anochecer. El toque de queda entraba en vigor a las diez de la noche y, hasta las seis de la mañana, nadie, sino con un permiso especial, podría haberse aventurado por las calles de Bologna sin arriesgarse a ser detenido. Las ventanas tenían que permanecer cerradas a cal y canto y las luces apagadas u ocultadas. Marchas nocturnas, toque de queda, alarmas, huidas a los refugios y bombardeos habían sido lo acostumbrado durante meses. Hasta aquella noche, la noche entre el 20 y el 21 de abril de 1945, en la que un extraño silencio envolvió, de repente, las calles. Un silencio espeso, palpable, que caló hondo entre los vecinos de Bologna, aunque nadie se atreviera a salir para esclarecer el motivo de aquella repentina falta de ruido. La mayoría permaneció velando la nada toda la noche escuchando el sonido del silencio. Marco decidió ser uno de ellos y se propuso no dejarse vencer por el sueño, consciente de que algo pasaba, algo de lo que quería ser participe. Pero la noche se hizo muy larga porque el silencio puede llegar a ser muy monótono aunque, de vez en cuando, fuera roto por el ruido de la huida. El niño se rindió a los brazos de Morfeo.

El alba iluminó la ciudad y esclareció lo ocurrido. Marco se despertó con el vocerío de la gente en la calle y salió apresuradamente a la vía, con el resto de su familia. Los vecinos abarrotaban las aceras, la concentración de la gente era tal que sólo cuando Marco logró abrirse paso entre las piernas allí congregadas, logró averiguar lo que estaba pasando. Un desfile de tanques, camiones, coches que había oído decir que llamaban jeep, cargados de soldados sonrientes que les saludaban en un idioma distinto, entraban en la ciudad desde la carretera de Florencia, por el puerto de la Futa, desde la calle Murri y la calle Santo Stefano hacia el centro. Los elementos pesados habían sido desviados hacia los Jardines Margarita y, de los más ligeros, en vez de la metralla, se lanzaban caramelos, goma de mascar y chocolatinas a lo largo y ancho de la ciudad. Marco, como los demás niños, hacía lo imposible para obtener un buen botín y alcanzar el mayor número de golosinas que caían como llovidas del cielo. Mientras tanto los aliados estaban ocupando todos los lugares públicos, los centro neurálgicos de la ciudad: ayuntamiento, cuarteles militares, centrales eléctricas abrieron sus puertas con alivio a los nuevos venidos. De los viejos inquilinos sólo quedaba el olor rancio del miedo.

De la huida de fascistas y alemanes quedaban los ecos nocturnos de unos pasos apresurados en la calle, de escaleras bajadas en volandas y maletas cargadas en coches que aguardaban en marcha detrás de una esquina para dirigirse al norte, donde aún se vislumbraba la posibilidad de salvación. Aún se podía escuchar en el aire el rugido de los motores de las caravanas de camiones sobrecargados de soldados que dejaban los cuarteles, soldados que llevaban al hombro toda huella de su presencia en la ciudad y que se iban transportando emociones encontradas, el petate, escopeta y enseres inútiles allí adonde pudieran llegar. La certeza de salvar el pellejo, tan obvia y extendida entre los jerarcas, se iba diluyendo entre los rangos inferiores a medida que se acercaba el momento de cruzar el Po. Nada, en la noche, delataba la presencia del río en apariencia tranquilo y silencioso. Nada sino las grandes hileras de chopos y un olor extraño, punzante, el olor de la derrota que devuelve el Po a quien no consigue cruzarlo. Los puentes habían sido bombardeados, en algunos casos, por los mismos alemanes para dificultar la conquista a los aliados y las pocas barcazas, ocupadas inmediatamente por los oficiales y los poderosos, fueron insuficientes para albergar a todo el que deseara pasar a la otra orilla. Muchos fueron los que se aventuraron a cruzarlo a nado, presos por el pánico de animal acorralado, notando detrás de sí el aliento hediondo de los que clamarían venganza o afianzados por el imperturbable discurrir de sus aguas. Los más no sabían nadar, originarios como eran de pueblos del interior de un país asomado a un trozo de mar impracticable hasta en verano. En esto los italianos los aventajaban, en esto y en muchas otras cosas, virtudes que sus superiores habían intentado esconder o tergiversar, para fomentar en los soldados el odio y dar cabida a una mínima  excusa moral para hacer más plausible su presencia en aquel país, y que ahora salían a flote como los cadáveres que devolvía el río. Los petates, las escopetas y el frío hicieron el resto. Los temidos remolinos, desconocidos a quien no teme el Po, se encargaron de truncar el sueño de un regreso a casa de centenares de jóvenes, el único anhelo de los cuales, era volver a abrazar a sus padres. A la mañana siguiente y durante mucho tiempo, los pescadores y los campesinos de los pueblos de la zona, encontrarían en sus orillas el reflejo de la desesperación y la derrota grabado en los vientres hinchados, la piel tensada y transparente de los que habían desafiado el río y el agua, siempre el agua, manando de la boca de los ahogados por un tiempo infinito. Como si el agua tuviera memoria y supiera de donde ha venido y donde tiene que regresar. Mejor fortuna no corrieron los que quisieron burlar la suerte emprendiendo el camino contrario. Cuenta la historia, ya convertida en leyenda por el estatus que otorga el paso del tiempo, que un grupo de fascistas se embarcaron en un viaje con rumbo hacia el sur y a un destino desconocido. Subidos  a un coche de línea, con identidades falsas y navegando contracorriente, esperaron encontrar la salvación donde nadie les hubiera buscado, en la boca del lobo. Con el miedo a flor de piel, que ni los nuevos documentos podían camuflar, se dirigieron hacia su destino, sólo amparados por el aluminio del vehículo y la convicción de la genialidad de su idea. Parece ser que no llagaron muy lejos. En el pueblo de san Posidonio, una localidad entre Mantova y Modena, a pocos kilómetros a sur del Po, acabó su viaje. Nunca se volvió a saber de ellos, nunca se encontró su medio de transporte.
 
 
Gli alleati entrano a Bologna ,21 aprile 1945


Il ritorno a Bologna era stato duro. La città era controllata con mano di ferro dai 

 tedeschi. La vita si riduceva a poco più che andare a scuola ed al lavoro e, inoltre, la

casa di Edoardo  non esisteva piú. Dalla finestra della stanza che lui e sua sorella

avevano occupato nella casa della zia Gianna, Marco ascoltava i passi della ronda

tedesca che, a partire dal tramonto, camminava lungo via Santo Stefano e le strade

adiacenti. Il coprifuoco entrava in vigore alle dieci di sera e, fino alle sei della mattina,

nessuno, se non con un permesso speciale, avrebbe potuto avventurarsi per le strade di

Bologna senza rischiare di essere arrestato. Le finestre dovevano rimanere chiuse quasi

ermeticamente e le luci spente o occultate. Marce notturne, coprifuoco, allarmi, fughe

ai rifugi e bombardamenti erano stati la routine durante mesi fino a quella notte, la

notte tra il 20 ed il 21 di aprile 1945, durante la quale un strano silenzio avvolse,

improvvisamente, le strade. Un silenzio spesso, palpabile che colpí profondamente gli

abitanti di Bologna, benché nessuno osasse uscire per scoprire il motivo di quella

repentina mancanza di rumore. La maggioranza rimase vegliando il nulla tutta la notte

ascoltando il suono del silenzio. Marco decise di non essere da meno e si propose di non

lasciarsi vincere dal sonno, cosciente che qualcosa di importante stava per accadere,

qualcosa di cui voleva essere partecipe. Ma la notte si fece interminabile gia che il

 silenzio può diventare tremendamente monotono benché fosse rotto, ogni tanto, dal

 rumore della fuga, ed il bambino si arrese alla chiamata di Morfeo.

  L'alba illuminò la città e rischiarò ció che era avvenuto.  Marco si svegliò con lo

 schiamazzo della gente per strada ed uscì affrettatamente sulla via, con il resto della

 sua famiglia. I vicini affollavano i marciapiedi, la concentrazione della gente era tale

 che solo quando Marco riuscì a farsi largo tra le gambe delle persone lí congregate,

 riuscì a verificare quello che stava succedendo. Una sfilata di carri armati, camion,

 automobili che aveva sentito dire che si chiamavano jeep, carichi di soldati sorridenti

 che li salutavano in una lingua distinta, entrava in città dalla strada di Firenze, per il

 passo della Futa, dalla via Murri e la via Santo Stefano fino al centro. Gli elementi

 pesanti, erano stati fatti derivare ai Giardini Margherita e, dai più leggeri, invece della

 mitraglia, venivano lanciate caramelle, gomme da masticare e cioccolata lungo tutta la

 città. Marco, come gli altri bambini, faceva tutto il possibile per ottenere un buon

 bottino e riunire il maggiore numero di caramelle che piovevano come cadute del

 cielo. Nel frattempo gli alleati stavano occupando tutti i posti pubblici, i centri

 nevralgici della città:  municipio, caserme militari, centrali elettriche aprirono le loro

 porte con sollievo ai nuovi venuti. Dei vecchi inquilini rimaneva solo l'odore rancido

 della paura.

 Della fuga di fascisti e tedeschi rimaneva l’eco notturno di alcuni passi affrettati per

 strada, di scale scese di corsa e valigie caricate in automobili che aspettavano in marcia

 dietro un angolo per dirigersi verso nord, dove ancora si scorgeva la possibilità di

 salvezza. Ancora si poteva ascoltare nell'aria il ruggito dei motori delle carovane di

 camion sovraccarichi di soldati che lasciavano le caserme, soldati che portavano in

 spalla tutte le impronte della loro presenza in città ed andavano via, trasportando

 emozioni contrastate, lo zaino, il fucile ed utensili inutili lì dove sarebbero potuti

  arrivare. La certezza di salvare la pelle, così ovvia ed estesa tra i gerarchi, si andava

 diluendo tra i ranghi inferiori man mano che si avvicinava il momento di attraversare il

 Po. Niente, nella notte, tradiva la presenza del fiume, in apparenza tranquillo e

 silenzioso. Nulla se non le grandi file di pioppi ed un odore strano, acuto, l'odore della

 sconfitta che restituisce il Po a chi non riesce ad attraversarlo. I ponti erano stati

 bombardati, in alcuni casi, dagli stessi tedeschi per ostacolare la conquista agli alleati, e

 le poche chiatte, occupate immediatamente dagli ufficiali ed i potenti, furono

 insufficienti per albergare chiunque desiderasse passare sull'altra riva . Molti furono

 quelli che si arrischiarono ad attraversarlo a nuoto, presi dal panico di un animale

 accerchiato, notando dietro la nuca l'alito pestilente di chi avrebbe clamato vendetta o

 rassicurati dall'imperturbabile discorrere delle sue acque. I più non sapevano nuotare,

 originari come erano di villaggi dell'interno di un paese affacciato ad un pezzo di mare

 impraticabile perfino d’estate. In questo gli italiani li avvantaggiavano, in questo ed in

 molte altre cose, virtù che i loro superiori avevano tentato di nascondere e tergiversare,

 per fomentare nei soldati l'odio e lasciare spazio ad una minima scusa morale per fare

 più plausibile la loro presenza in quel paese, e che ora venivano a galla come i cadaveri

 che restituiva il fiume. Gli zaini, i fucili ed il freddo fecero il resto. I temuti mulinelli,

 sconosciuti a chi non teme il Po, si incaricarono di troncare il sogno di un ritorno a casa

 di centinaia di giovani, l'unico anelito dei quali, era tornare ad abbracciare i propri

 genitori. La mattina seguente, e durante molto tempo, i pescatori ed i contadini dei

 paesi della zona avrebbero trovato, sulle sue rive, il riflesso della disperazione e la

 sconfitta registrato nei ventri gonfi, la pelle tesa e trasparente di chi aveva sfidato il

 fiume, con l'acqua, sempre l'acqua, sgorgando  dalla bocca durante un tempo

 infinito. Come se l'acqua avesse memoria e sapesse da dove è venuta e dove deve

 ritornare.

 Migliore fortuna non corsero quelli che vollero eludere la sorte intraprendendo la strada

 contraria. Racconta la storia, già convertita in leggenda dallo status che concede il

 passare del tempo, che un gruppo di fascisti si imbarcò in un viaggio con rotta verso sud

 e diretti verso un destino sconosciuto. Montati su di una corriera, con identità false e

 navigando controcorrente, sperarono di trovare la salvezza dove pensarono che nessuno

 li avrebbe cercati, nella bocca del lupo. Con la paura a fior di pelle che né i nuovi

 documenti potevano camuffare, si diressero verso il loro destino protetti solo

 dall’alluminio del veicolo e la convinzione della genialità della loro idea. Sembra che

 non arrivarono molto lontano. Nel paese di San Posidonio, una località tra

 Mantova e Modena, a pochi chilometri a sud del Po, finì il loro viaggio. Di loro non si

 seppe mai nulla e non si trovò mai il loro mezzo di trasporto.

 
Francesca valentincic: La memoria del agua, Lleonar Muntaner Editor

jueves, 27 de febrero de 2014

LOS AMIGOS QUE ESTÁN, LOS QUE VAN Y VUELVEN, LOR RECIENTES, LOS QUE ESTÁN POR VENIR...


Hace ya mucho tiempo, posiblemente desde siempre, puse en marcha un dispositivo interno (y por interno me refiero a que concierne a la mente y al alma) capaz de salvaguardar mi identidad frente a las adversidades de la vida cotidiana. En pocas palabras: no he dejado nunca de ser yo, ni de sentirme realizada. Cuando el trabajo en el hogar, el de fuera de casa, la compra, los innumerables recorridos de ida y vuelta hacia y desde el colegio de los niños, las actividades extraescolares, las enfermedades de los seres queridos acechaban y ponían a prueba mis fuerzas, siempre he recortado un momento para mí. Y aunque no fuera un momento real, calculable en horas o minutos, allí estaba, puntual a la realización de una puesta a punto de mi espíritu, comprobando que mi esencia no había cambiado, dejándome patente que llegaría el instante en que el tiempo se volvería tangible. Me considero afortunada ya que los problemas que han surgido en el camino son los del día a día porque, como siempre digo a mis amigas cuando se quejan de un cuarto de baño que arreglar o de un fontanero que llega tarde, “los problemas cuando llegan te golpean y te arrollan como un tren en marcha: el resto es simplemente vida”. Todo esto para decir que, últimamente puedo recortar cada vez más espacios para mí.

Uno de estos se puede localizar en un día en concreto de la semana en que, mientras aguardo la salida de mi hija de una actividad artística, me siento en un establecimiento de comida rápida de la isla, lugar que, aunque pueda parecer el menos indicado para una tarea intelectual en condiciones, cumple a la perfección su función de territorio de lectura, escritura, descanso y encuentros. Precisamente en las horas, teóricamente “muertas”, que comporta la espera, escribí parte de mi última novela “Cuando el día cambia de color” (como ya me pasó en una lejana ocasión con mi primera novela “La memoria del agua”, en el coche aparcado delante del colegio de mis hijos). Y así se lo hice saber a los empleados de dicho restaurante que, trabajaban sin saber que todo aquel faenar había influido, de alguna manera en mi inspiración. De todos ellos, sólo una persona mostró un real interés por el proceso creativo que había tenido lugar en aquel sitio aparentemente árido, que normalmente servía para albergar charlas y proceso de alimentación, a veces tan rápidos como su comida. A ella (es una mujer), va dedicado parte de este escrito, porque en las pocas ocasiones en que la he visto, ha demostrado tener unas inquietudes que van más allá de las que se podrían definir como actividad diaria y que parece haber sabido resurgir de sus cenizas y crear un mundo enriquecedor, lleno de libros, actividades manuales y otros menesteres interesantes. A ella quiero que llegue mi gratitud por demostrarme una admiración literaria que no creo merecer y haber abierto una puerta para que mis escritos traspasen lo que concierne el ámbito de los amigos.

En los últimos días, otra persona  ha logrado lo mismo y también se trata de un admirador literario, esta vez en la distancia ya que desde una isla situada en un mar tan diferente al mío (“más oscuro y profundo” lo define él), me envía opiniones, preguntas y sobre todo notas musicales y palabras de otros tiempos, que provienen de los vinilos que colecciona y que se asemejan tanto a las que se expanden por mi casa rebotando en las paredes, permitiéndome recordar emociones y experiencias vividas que puedo, luego, plasmar negro sobre blanco. No le conozco personalmente, pero su cultura es exquisita y con su interés  ha logrado que mis palabras crucen el “Estrecho” y se adentren en mar abierto, tomando un rumbo hasta ahora desconocido, recalando en las costas de su pequeña isla, para seguir cargadas de energía hacia otro lugar. Aquí también dejo constancia de mi gratitud.

Volviendo al lugar desde donde arranca este alegato, el local que se ha convertido en territorio de descanso de las tardes de un día entresemana, quiero resaltar el hecho de que también haya servido como punto de reencuentro con una gran amiga, que hacía años que no frecuentaba. Después de tanto tiempo sin vernos, teniendo noticias entrecortadas la una de la otra, nuestras sesiones de tarde se han vuelto imprescindibles. Las charlas, donde se tocan los temas más diferentes, son la excusa perfecta para recargar las pilas, el instante esperado y deseado, el momento que es capaz de hacer que el fin de semana llegue raudo a nuestro encuentro, la cita ineludible e inaplazable que ha conseguido que no me importe que el establecimiento de comida rápida ya no cumpla su función de distrito de lectura y escritura…ya lo haré en casa.

A este propósito envío un mensaje a una amiga muy especial. Una misiva de las que se ponen en una botella y que se lanzan al mar desde un acantilado. Vive en una isla cercana, situada en el mismo mar de maravillosos tonos azules y verdes que, las Instituciones, quieren estropear, aun más si cabe, con prospecciones y perforaciones de lo más variado. Al no estar muy lejos será fácil que ella pueda recoger mis palabras en una de las maravillosas playas que caracterizan su hogar, una de las salpicadas por casitas de pescadores, con un llaüt en el horizonte. Mi botella quedará varada en un cúmulo de Posidonia, de la que los barcos de recreo se empeñan en arrancar y que los turistas no quieren encontrar sobre la blanca arena mediterránea. Y ella sabrá que tiene que venir, para seguir con nuestra fantástica y enriquecedora costumbre de comida, palabras y cine: quién puede resistirse a un plan así.
 



“Mort Accidental d’un Anarquista”

Es millor de cada casa.

 

Ya que la amistad parece ser el hilo conductor que rige mi vida, puedo poner, como suele ocurrir en la series de televisión un... “continuará” en vez de un punto y final.

Mientras tanto os dejo la dedicatoria de mi última novela “Cuando el día cambia de color”…va por todos vosotros.

A los amigos que están desde siempre.

A los que van y vienen.

A los que vuelven y a los que volverán.

A los recientes.

A los que están por venir.


Francesca Valentincic

“Cunado el día cambia de color” Ediciones Atlantis

miércoles, 19 de febrero de 2014

EL JUEGO DE LLAVES QUE ABRE TODA UNA VIDA (con dientes de 3,5 y acabado en estrella)


Acabo de leer una novela que, por su argumento, la clásica llamada de teléfono para correr al hospital al pie de la cama de una madre enferma, llamada que realiza un padre con el que la protagonista no tiene prácticamente relación, hubiera podido fácilmente y sin queja por parte de ningún lector, caer en el estereotipo y la retorica. Hubiéramos aceptado las normas que regulan este tipo de historias, sin rechistar, adaptándonos al discurrir de los hechos.

Pero nada más abrir la primera página de “Las Llaves de casa” de Carmen Estirado, la novedad y el fluir contemporáneo de las palabras, nos sorprende gratamente, dejándonos agarrados al papel, sin posibilidad de escape. No sabría cómo definir la narrativa de esta autora sin caer en el tópico de los adjetivos utilizados en las recensiones al uso, que la definirían como fresca (en el sentido de “un golpe de aire fresco), vanguardista, moderna. Mi primera sensación fue la de encontrarme delante de una forma de escribir diferente a la que no estaba acostumbrada, muy actual, sin caer en la tentación de la jerga, manteniendo en todo momento una forma de redactar y unas descripciones impecables. Y sobre todo, Carmen Estirado, le concede mucho más importancia a la trama que al desenlace, cosa que agradezco inmensamente (“…Amar la trama más que el desenlace…”,  dice en unas de sus canciones uno de mis cantautores favoritos, Jorge Drexler), mimando sus descripciones, enriqueciéndolas de detalles que a alguien acostumbrado a los best sellers tamaño tocho, podrían parecer inútiles, pero que a mí me dejaron impresionada:

Pedí el menú completo: churros, chocolate caliente y zumo de naranja. Me lo sirvió la camarera gorda que siempre se apoyaba en la orilla de la freidora y que llevaba un delantal azul manchado de aceite que le quedaba ridículamente pequeño.

En el pasillo de al lado, otra chica más jovencita, de mi edad y con el culo más prieto, movía un cazo de chocolate. Un cacao color cremades que tenía distintas tonalidades. Esperando en la cola mi turno, me quedé atontada mirando cómo preparaba un vaso. Cogió un cacito y eligió sólo la capa de arriba, la que estaba más fría. En un segundo cucharón, entró, más ligera, la clarita. Era un color parecido al de mi violín.

…Era mi turno. Y ya me llegaba el olor a cacao recién hecho. La camarera derramó el vaso, otra vez, sobre el papel manchado de aceite. Llevé la bandeja hacia  la mesa junto a la ventana. Abrí los dos azucarillos, los eché sobre el zumo de naranja. Me quedé mirando el movimiento histérico de las ramas de los arboles. Hipnotizada por este, me tragué el chocolate hirviendo, sin dejar que apareciera una capa más oscura”.

En la era de los libros tamaño ladrillo (si no escribes más de novecientas páginas no eres nadie), Carmen Estirado desafía una vez más las normas, publicando como NOVELA, lo que la mayoría y erróneamente consideraría como un relato o peor aún, una novela corta. Y es no hay nada que pueda molestar más que los encasillamientos de una obra según el tamaño. Porque puede haber casos en que le tamaño realmente importe pero seguramente no es el caso de la Literatura (quien no esté de acuerdo lea “Un viejo que leía novelas de amor” de Sepulveda; “Requiem por un campesino español” de Ramón J. Sender; “Donde el corazón te lleve”  de Susanna Tamaro y, sin ánimo de compararme a estos grandes, “La memoria del agua” de Francesca Valentincic). A veces pocas frases bien dichas, unas palabras puestas en el lugar exacto, llegan mejor al alma que cien repeticiones de la jugada. Y todo esto lo ha entendido perfectamente Carmen Estirado, el escrito de la cual rebosa preparación académica, cultura y una vida “vivida”.
Carme Estirado
"Las llaves de casa"
Ediciones Atlantis

www.edicionesatlantis.com/autor/652

martes, 18 de febrero de 2014

PARAULES I SONS


De los innumerables pecados capitales (siete me parecen pocos) que caracterizan nuestra especie,  uno de los más terribles se me ha antojado, desde siempre, la desidia con la cual dejamos que pueda desparecer de la faz de la tierra un idioma cada quince días. No contentos con amenazar las diferentes especies de plantas y animales que nos rodean, eliminándolas al ritmo de tres cada hora, según los expertos, un dato aterrador, aunque no fuera del todo exacto, nos dedicamos a mirar hacia otro lado también cuando se trata de nuestro legado cultural. Pero qué podemos esperar de un colectivo, los humanos, que no es capaz de cuidar ni de sus propios congéneres.

Como decía, desde pequeña lloraba cuando me enteraba de que había muerto la última persona portadora del patrimonio más preciado de su tribu o etnia. A menudo intentaba imaginar la soledad que habría experimentado en sus últimos momentos, sin nadie con quien poder comunicarse, con nadie que le entendiera en su idioma materno. Y admiraba a los estudiosos que se pasaban años, viajando por el mundo, recopilando datos y sonidos en sus magnetofones, para luego escribir aquellas palabras que habían estado a punto de perderse para siempre, en ensayos y libros que nadie leería nunca. Me desesperaba pensando que aquellos hombres valientes, en muchas ocasiones no habrían llegado a tiempo: los pocos recursos en su haber, el derrumbe de una carretera, la estación de las lluvias,  el hecho de no poseer el don de la ubicuidad, harían que su entrada en una aldea se efectuara demasiado tarde, cuando los ecos del sonido de las últimas palabras de un idioma milenario, se hubiesen apagado del todo.

Sense ànim de generar polèmica ni establer comparacions, trobo que per entendre a fons els costums de un lloc determinat i viure’ls de forma plena, és imprescindible conèixer-ne la llengua i que aquesta és el pilar de la cultura. Darrerament les Institucions de les Illes Balears nos han volgut imposar una nova estructura cultural, basada, a dita del nostres polítics, en les avantatges de la “multiculturalitat”,  fent-nos sentir culpables, intolerants i fins i tot xenòfobs (això no els hi perdono) per no voler acceptar  les bases que nos obririen les portes de les comunicacions amb els altres, intentant inculcar-nos que parlant la nostra llengua no arribaríem molt lluny, cosa que sí seria possible si nos aprenguéssim quatre nocions fetes per a ignorants, de historia i geografia amb anglès o si li donéssim tota la importància que li correspon, al castellà (llengua que, per altre, em fascina però que no és la que pertany a aquestes terres en mig de la mar).

 I tot això m’ho conten a jo que, dins la meva esquizofrènia lingüística, tinc una llengua materna diferent a la que faig servir per escriure les meves novel·les, la qual tampoc  coincideix amb la que utilitzo per les meves relacions personals, per el meu quefer quotidià, en poques paraules, per viure, estimar, sentir, entendre el món cultural que m’envolta. I que, sobretot, no em considero ni intolerant, ni xenòfoba ni vull que em facin sentir culpable.

M’ho volen fer creure a jo, que he estudiat idiomes, que em considero una persona oberta als altres, i em conten que per parlar català i voler que els meus fills es mullin i es banyin amb aquesta cultura, no soc tolerant. Simplement lo que han fet ha estat llevar-nos lo poc que s’havia aconseguit en el darrers vint i cinc anys, i fer varies passes enrere cap a la obscuritat de la ignorància.

Com ja he dit en moltes ocasions, tota la meva admiració i el meu suport va als professors i als mestres que han lluitat pel futur dels nostres fills i als que han patit un càstig a canvi del seu coratge.

M’agradaria recordar la marea verda i totes les manifestacions que es feren per aturar la situació i donar les gràcies als grups musicals que donaren suport a les protestes pacífiques i plenes de notes i paraules importants. Record una ocasió especialment emotiva, una nit de setembre a la Plaça d’Esporles amb el grup Al-Mayurqa i els germans Martorell, música dels quals esper parlar en breu.

Imagino que ara entendreu aquest canvi de llengua al meu blog. Així es pot demostrar que els que em segueixen des de l’altra punta del món (cosa que no entenc perquè passi, i de la que estic molt agraïda) no es aturaran davant una llengua distinta, si no que entendran la dificultat i la gravetat de la situació que ens implica a tots.

Perquè cap estudiós hagi de venir mai a gravar-nos, a les Illes, amb un magnetòfon o el darrer model de tablet present al mercat. Parlant entre nosaltres, escrivint i llegint podrem mantindre la flama encesa.        

miércoles, 12 de febrero de 2014

Arte en estado puro...y el futuro que espera a lo lejos.

Hace muchos años que conozco una muchacha que, desde la más tierna infancia, me sorprendía  con unos bocetos dignos de una galería de arte. Y desde entonces supe que tenía el don de convertir en dibujos sus emociones, de dar una forma "bidimensional" a conceptos abstractos, de transformar en algo tangible, admirable y reconocible sus sensaciones.
El tiempo ha pasado y la niña se ha convertido en una mujer que sigue dibujando sus sueños y ha decidido prepararse y formarse para perseguirlos. Lo que hay en sus portapapeles, cobra vida en el momento en que sus dedos deshacen los nudos de los lazos que lo mantienen cerrado. Al abrir la funda de cartón que custodia su obra, parecen salir de ella mil mariposas que llevan escritas en tinta china, en el revés de sus alas, frases de otras épocas y otros lugares. Los rostros que se asoman desde los folios esparcidos, que lentamente se deslizan los unos sobre los otros, nos ofrecen retales de vida, experiencias que todavía ella no ha vivido pero que ya intuye, a través de aquel sentido innato presente en todo artista en ciernes. Inútil contar que me fascina como persona y como artista. Simplemente no hay que perderle la pista y, sobre todo, gozar de su obra. Aquí va un pequeño ejemplo de su arte. Su obra os hablará de ella. Enhorabuena, Malen.

La artista es Malen Company Payeras.






jueves, 30 de enero de 2014

El alambí...Radio Bellvei


Qué difícil es hacer que la gente se interese por un acto cultural, qué complicado organizar alguno, casi imposible sobrevivir a la indiferencia por parte de los conocidos por lo que concierne el evento en cuestión, heroico no derrumbarse delante de las puertas que cierran las instituciones, con tal de no ofrecer ayuda. Afortunadamente conozco unas cuantas personas que no se rinden y continúan fomentando el desarrollo de la cultura desde su atalaya de palabras escritas y pronunciadas.

Hoy me gustaría hablar de uno de estos paladines de la sabiduría, un luchador incansable que emplea el sonido de su voz a guisa de arma infalible. Ramón Valls es un catalán incansable, que desafiando las reglas que rigen el desentendimiento hacia las cosas que cuentan, se sienta cada miércoles detrás del micrófono de una radio de la provincia de Tarragona, Radio Bellvei, y dirige el programa El Alambí (Alambique de escritores), lugar desde donde expande por el éter sus palabras de sabio y las opiniones de quien quiera compartir la hora con él.

Tuve la suerte de que me quisiera entrevistar hace unos meses, coincidiendo con la salida de mi novela “Cuando el día cambia de color”, y la experiencia fue realmente enriquecedora.
 
 Hace unos días me volvió a invitar a una tertulia radiofónica en la que participarían varios autores, que tenía como tema el papel que desempeña el escritor hoy en día. Tuve que rehusar la invitación por motivos de incompatibilidad de horarios, pero la satisfacción producida por su llamada, fue enorme.

La transmisión se emitió el día 29 de enero, pero espero poderla escuchar, online, en la repetición del sábado. Para los interesados aquí van los datos:

Radio bellvei online  El alambí

Además estoy leyendo su última novela, “En torno a mí”, de la que hablaré más adelante, cuando la haya terminado. Porque Ramón es un hombre que no se conforma con leer (es su afición incurable), ni con hablar de temas literarios, sino que siente la necesidad de expresarse con palabras indelebles, negro sobre blanco. Además es una persona solidaria, que se implica en actividades que ayudan a los demás. Espero tenerlo pronto en Mallorca, para la presentación de algunos de sus escritos y poderle, por fin, invitar a unos vasitos de vino blanco y “uns variats” en los bares de la “Plaça” de Petra, el pueblo donde paso los fines de semana con los amigos y la familia.

Durante la entrevista se produjo un hecho curioso, ya que gracias a una reflexión de Ramón durante la entrevista, descubrí que la necesidad que tengo de caminar hacia el horizonte, al atardecer (Cuando el día cambia de color), me viene de atrás. No había vuelto a pensar en ello, pero durante los años de mi juventud, cuando el invierno encrudecía y planeaba sobre mi ciudad natal, lugar donde el sol no aparece durante seis meses y las nieblas son tan intensas que no dejan ver ni coches ni transeúntes a un metro de distancia, sin darme cuenta vivía esperando la llegada de la primavera. Y cuando esto acontecía, se podían contemplar, casi sin preaviso, unas puestas de sol espectaculares, de las que llenaban el cuerpo y la mente de energía. Era por la tarde, a la vuelta del colegio, cuando yo caminaba hacia casa, siguiendo aquella luz, empapándome en los rayos de un sol que parecía haber desaparecido durante un tiempo, y que volvía renovado, en todo su esplendor. Hace más de veinticinco años que no experimento el desasosiego que me producía el final del verano y la llegada del otoño, ya que en Mallorca el influjo del Mediterráneo nos ahorra las inclemencias del invierno. Pero este caminar hacia luz, que desaparece detrás del horizonte, ha perdurado en el tiempo, y sigo caminando hacia el oeste…algún día llegaré al mar…en la Isla no sería muy difícil: más complicado es seguir apostando por la cultura, como hace Ramón Valls. ¡Enhorabuena, Ramón! 


 

lunes, 27 de enero de 2014

...un año más y flors d'ametler.

Hoy es mi cumpleaños. El día ha sido especialmente ventoso, pero el cielo ha adquirido un color azul intenso, el que le queda después de haber sido barrido por el viento que arrastra las pocas nubes que se agarran como pueden en las alturas.  De esta manera es como las flores de almendro, de los arboles cercanos a mi casa, destacan más contra la pared oscura de la montaña y sobre el halo celeste que las envuelve. Porque por mi cumpleaños los almendros siempre están en flor, hecho que me alegra la vida y me llena de aromas y emociones positivas.
Siempre me ha gustado cumplir años, como si las experiencias de mi vida, en vez de pesar como losas, me cargaran de energía. Y siempre me ha gustado celebrarlo con mis amigas, algunas de las cuales esperan el acontecimiento para volverse a ver, año tras año.
Ha habido pocas ocasiones sin celebraciones y siempre debidas a causas mayores, como pasó hace un par de años. Pero hay es un día feliz, lleno de llamadas telefónicas, felicitaciones familiares y mensajes entrañables.
Por esto quiero dedicar unas páginas que escribí cuando no hubo ninguna fiesta, el año en que no hubo flores de almendros ni cielos azules,( escrito que incluí en mi última novela), a las amigas que siempre han estado presentes, a las que siempre me felicitan, a las que se olvidan, a las nuevas llegadas y a las que están por venir. Va por vosotras, para que sepáis que hoy es un día radiante.
Molts d'anys, amén...en vida vostra!


E

s el 21 de noviembre y cumplo cuarenta y siete años. Desde que he llegado he perdido un año por cada día que ha pasado: diez días, diez años. Esto a pesar del hecho de que siempre he sido una persona activa y juvenil. Los genes han sido generosos con nuestra familia, motivo por el cual mi hermano sigue pareciendo el chico que terminó la universidad y partió al mundo, hace ya un par de décadas. Y mi padre siga llevando una vida de intrépido aventurero que haría sombra a personajes como Mc Gyver. Una versión moderna de Robinson Crusoe, capaz de acampar sobre una pequeña isla y vivir de lo que ofrece la naturaleza, en perfecta armonía con el entorno. Por no hablar de mi tía paterna, absolutamente inmune al paso del tiempo y que vive una vida plena con la misma energía que yo recordaba en las visitas a su casa de la playa durante mi adolescencia. La parte materna tampoco se queda atrás: el tío Ángel desconoce el vicio de la pereza y aunque tenga una edad indefinida entre los setenta y los ochenta, no duda en correr si alguien necesita su ayuda.

Mi madre no sabe de este pasar rápido del tiempo, del correr de las horas, de las arrugas que surcan, de repente, mi rostro y que no corresponden con mis datos del registro civil. Ella duerme un sueño inducido, un sueño artificial pero no por esto tranquilo. Me gustaría pensar que detrás de su quiete aparente y absoluta, se esconda un mundo de tranquilidad mental. Pero no creo equivocarme si afirmo que su inmovilidad de respiración asistida es sólo un espejismo. El ruido pausado e hipnótico del respirador artificial esconde, en realidad, un revoloteo de sueños sin fin, tangibles y reales como las maquinas que la rodean y controlan incesantemente sus constantes vitales.

Ella no sabe de mi envejecimiento, en estos momentos sus ojos están sellados por los sedantes, pero tampoco los que están alrededor parecen percibir el cambio y siguen equivocándose, felicitándome mis recién estrenadas treinta y siete primaveras de registro civil (¿o tendría que decir otoños?), cometiendo un error que me deja estupefacta, tanto es evidente para mí, el cambio que he experimentado. A modo de disculpa puedo decir que, efectivamente, los signos externos no son tan evidentes: no hay ningún cabello blanco de más, las arrugas son las estrictamente necesarias y como no poseen una máquina de rayos X que pueda cartografiarme el alma, la tarea de rastreo de la pérdida de este tiempo valioso, se complica...
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Francesca Valentincic: "Cuando el día cambia de color" Ediciones Atlantis

 
 
           www.edicionesatlantis.com/catalogo/3/831/
 
 
cubierta de nombre del libro